domingo, 25 de marzo de 2012

Capítulo 1.

Tal y como se lo imaginaba, estaba otra vez encerrada entre libros. Desde que habían visto el agua se pasaba las tardes leyendo, buscando información, y aún más desde que su madre había muerto unos meses atrás. Tarin estaba preocupado por ella, pues parecía que el verde mustio de su piel se volvía cada vez más y más mustio. Tenían los dos ya unos dieciséis años y habían crecido mucho. Cisha acostumbraba a llevar aquel vestido que había hecho con su madre y eso la hacía ser el foco de las burlas de los otros chicos. Y Tarin no quería que esto sucediera. No le gustaba que se burlaran de ella, aunque a Cisha le diese igual.

-¡Otra vez aquí! ¡Tienes que salir, dejar que te de el sol y divertirte con más chicos de nuestra edad!

-Todos los amigos que necesito están en los libros. Además, necesito averiguar cómo sabía yo lo que era el agua, qué era aquel monstruo y por qué pude vencerlo de aquella manera. Ah, y saber por qué soy tan diferente. Y no sé a ti, pero a mí no se me ocurre una manera mejor de saberlo.

-Gracias por tenerme en cuenta entre tus amigos, eh- le dijo Tarin algo dolido.

-Perdona, es que estoy un poco cansada y aún no conseguí averiguar nada.

-Pero, ¿con todos los libros que has leído no sabes eso de "la ignorancia nos hace felices"?

-No sé si a ti te hace feliz, pero yo no puedo vivir con tantos interrogantes en mi cabeza.

-Como quieras... ¿Por lo menos te puedo echar una mano?

-No, en cuanto acabe este libro habré leído todos los libros de la biblioteca.

Tarin observó la biblioteca y se dio cuenta de lo pequeña que era. Nunca se había parado a observarla pues hacía años que no iba, y ahora, siempre que iba había estado más pendiente de conseguir que su amiga saliera de vez en cuando. Se acordó de cuando eran pequeños, antes de que el monstruo les atacara. Siempre que iban estaba allí Jelkos, el hombre más anciano del pueblo, y les contaba historias sobre un hombre que le quitó la esencia de la vida a un pueblo que quedó maldito desde entonces. Cuando terminaba su relato ellos jugaban fuera a que Tarin era el malvado hombre y Cisha era una heroína que iba a salvar al pueblo y siempre le conseguía robar la esencia y devolvérsela a sus legítimos dueños. Pero aquello no eran más que cuentos, pensó Tarin. O tal vez no lo fueran. Pero que más daba, Jelkos había desaparecido hace años y nadie sabía dónde estaba.

-Acabé -dijo Cisha cerrando el libro lentamente-. ¿Y ahora que voy a hacer? No he encontrado ninguna respuesta a mis preguntas. ¿Qué voy a hacer ahora?-suspiró otra vez Cisha.

Tarin, que notaba la profunda tristeza y frustración de su amiga, le dijo:

-¿Recuerdas a Jelkos?

-Sí, claro que sí. Me encantaba esa historia que nos contaba siempre de pequeños. La de la esencia de la vida y el pueblo maldito. ¿Por qué lo preguntas?

-Porque era el hombre más viejo del pueblo, a lo mejor sabe algo sobre todo esto.

-¿Por qué iba a saber él nada sobre el agua, el monstruo...? - el desánimo de no haber descubierto nada en los libros había caído sobre ella como una losa y no podía evitar sentirse negativa.

-Bueno, dicen que más sabe el diablo por viejo que por diablo.

-¿Pero tú cuántos refranes y frases hechas sabes?- rio Cisha, pero enseguida volvió a sentirse apática.

-Muchos, pero ese no es el tema.

-¡Pero que más da! Al fin y al cabo Jelkos desapareció y nadie sabe dónde está...

-A lo mejor si preguntamos por ahí averiguamos a dónde fue... y si no jugaremos a ser exploradores como en los viejos tiempos- dijo con una carcajada Tarin, aunque hablaba muy en serio.

-Está bien, jugaremos a ser investigadores- le respondió Cisha guiñándole un ojo, pero se lo pensó un momento y dijo- Mejor esperemos a mañana, estoy un poco cansada.

-De acuerdo. Pero antes de irnos, ¿cuál es el plan?

-Mmm... -Cisha se quedó hasta que en un momento su mente pareció iluminarse una bombilla (cosa imposible, dado que en su pueblo no había)- ¡Lo tengo! ¿Y si vamos a hablar con Merclo? A lo mejor él sabe algo.

Merclo era el hombre encargado en el pueblo de asignarle una casa a cada familia, y si esa familia no se sentía a gusto en su hogar podían hablar con él para que se lo cambiara por otro diferente, aunque claro, había que o bien darle algo de valor a cambio o ser alguien influyente. Y Jelkos no tenía ni objetos de valor, porque consideraba que los bienes materiales no le podrían hacer feliz, ni era alguien influyente, por mucho que fuera el hombre más anciano del pueblo.

-¿Pero por qué Jelkos iba a querer mudarse? Al fin y al cabo todas las casas son iguales.

Y no mentía cuando dijo esto. Todas las casas eran de una piedra con unos colores que parecía la corteza de un árbol, tenían dos pisos y una única ventana en cada piso, que siempre estaba orientada hacia la calle.

-A lo mejor no le gustaban sus vecinos... Aunque claro, si se hubiera mudado aún lo veríamos por el pueblo. Buf, va a ser imposible encontrarlo -dijo Cisha sintiendo como el desánimo la invadía de nuevo.

-Bueno, de todas formas deberíamos ir a visitar a Merclo, a lo mejor sí que sabe algo -le respondió Tarin tratando de animarla.

-Vale. Hasta mañana.

-Hasta mañana.

Tarin se fue a su casa y Cisha emprendió el camino de vuelta a la suya. Cuando llegó, se acostó y pensó en todo lo que iba a hacer al día siguiente. Pensó que tal vez lograría encontrar a Jelkos y que este tal vez le daría la información que buscaba. Pensó que tal vez conseguiría apaciguar las dudas que corrían por su mente y tal vez podría ser del todo feliz. Tal vez... O tal vez jamás encontraría a Jelkos, o él no tendría la información que ella necesitaba... Pensando en todo esto no pudo evitar quedarse dormida, pero estuvo soñando toda la noche con aquel terrible monstruo que les había atacado, en cómo ella lo había derrotado y en la esencia de la vida de aquel pueblo maldito.

Se levantó muy lentamente y bostezó. Aunque había dormido unas ocho horas, teniendo por reloj la posición del Sol, se sentía como si hubiese dormido dos minutos.

Fue a su armario para coger una muda. Cuando abrió las puertas se fijó en el vestido que había hecho con su madre. Le trajo tantos recuerdos de su infancia -o al menos de una parte de ella- que no pudo evitar sentirse nostálgica. Nostálgica por el tiempo que ni siquiera podía recordar, cuando aún estaba con los suyos. Se imaginó cómo sería su pueblo: lleno de vida, con unas casas mucho más bonitas que las que allí había, con una gente amigable y gentil, que no te miraban por encima del hombro si tenían más poder que tú en el pueblo...

Nostálgica también por todo el tiempo que había pasado con su madre adoptiva. Porque, a pesar de que Cisha no se parecía en nada a ninguna de las personas del pueblo, ella la había acogido como a una más. Y desde el primer día fue la única que no le miraba con hostilidad, incluso llegaba a tratarla como a una hija. Aunque, pensó, tampoco Tarin la había tratado con hostilidad nunca. El chico había jugado siempre con ella, era su mejor amigo. Pero tampoco es que ella tuviera muchos más amigos. Por eso siempre se pasaba el día encerrada en la biblioteca. Por eso y para buscar información.

Sintió ganas de ponerse el vestido pero pensó que si se presentaba así vestida ante alguien tan importante como Merclo la echarían a patadas.

Se puso uno de esos incómodos trajes de arenilla y salió a fuera. Al principio pensó en ir a buscar a Tarin a su casa para ir cuanto antes a hablar con Merclo, pero decidió que no iría hasta un poco más tarde porque seguramente Tarin aún estaría durmiendo y no quería molestarle.

Fue a una pequeña meseta que había cerca del pueblo. Subió hasta su cima -cosa no muy difícil dado que había unas rocas que formaban una especie de escalera- y se sentó allí. Observó su pueblo y le pareció horrible. No por las personas, pero sí por los edificios que eran todos iguales y que cuyas piedras parecían la corteza del Gran Árbol, y por las calles que realmente no eran calles, pues las calles se formaban según iban construyendo las casas que delimitaban el acceso a algunos puntos del pueblo. Y se quedó mirando el horizonte. Allí no estaba más que el desierto. Bueno, el desierto y el Gran Árbol, que visto desde allí y ahora que había crecido no le parecía tan grande. Volvió a pensar en su pueblo y pensó en si sería capaz de abandonar aquel lugar después de tanto tiempo. De abandonar a su mejor amigo.

Tarin era un chico especial. Con él cerca era muy difícil sentirse triste. Lástima que los demás chicos no se dieran cuenta. Si tuviera más amigos tal vez ella no se sentiría tan mal si tuviera que dejarle atrás, pues sabría que siempre estaría acompañado. Pero esto no era así, solo se tenían el uno al otro -el padre de Tarin había desaparecido años atrás sin dejar rastro- y así ella se debatía entre dos mundos, unos de los cuáles ni siquiera conocía. En ese momento, se preguntó si realmente existía ese otro lugar en el que la esperaban o si simplemente ella no tenía un lugar en ese mundo dónde estar con los suyos. Y si existía, ¿por qué no la habían buscado? Empezaba a pensar que tal vez no fuera buena idea, que quizás no debería seguir buscando, que sería más feliz sin la verdad. Pero enseguida descartó esto. Ella no era feliz sin respuestas.

Mientras pensaba en todo esto, Tarin empezaba a levantarse. Bostezó y lo primero que le vino a la mente fue ¡Tengo que ayudar a Cisha a encontrar información! pero también pensó que era un poco extraño que no hubiese ido ya a despertarlo. Tal vez estaba otra vez en la biblioteca en busca de información, aunque era muy poco probable dado que ella ya había leído todos los libros que había allí. Cuando Cisha se centró de verdad en la búsqueda de información no le llevó mucho tiempo leer todos los libros que allí había, no solo porque la biblioteca fuera muy pequeña, si no que también ella era realmente rápida leyendo. Y además conseguía recordar todo lo que leía. Era increíble, pensó Tarin.

Decidió cambiarse rápidamente de ropa e ir a buscarla. Cuando estaba en la entrada de su casa miró hacia la meseta que había al lado de su pueblo y allí vio sentada a Cisha con la mirada perdida. Subió él también hasta la meseta y se sentó a su lado. Seguía encerrada en sus pensamientos. Tarin se quedó esperando a que ella dijera algo. Se quedaron así un tiempo hasta que Cisha se levantó sin decir una palabra, le sonrió y le hizo un gesto para ponerse en marcha hacia la casa de Merclo.

Se pusieron en camino y llegaron a la única casa un poco distinta. Esta casa, en lugar de tener dos únicas ventanas al igual que las demás, tenía una ventana a cada lado de cada piso. Además, tenía tres plantas. La casa siempre había pertenecido a la familia de Merclo dado que todos en su familia habían tenido el mismo cometido y por lo tanto era la familia más poderosa del pueblo.

Llamaron a la puerta una, dos, tres veces, y una mujer de unos treinta años, bajita y regordeta, les abrió. Les observó de arriba a abajo con mirada crítica y les dijo:

-¿Si?

-Venimos a ver al señor Merclo. Tenemos que hablar de... un asunto urgente -respondió Cisha, que era demasiado impaciente como para que le hicieran esperar.

-Bien, voy a ver si no está ocupado. Pasad al salón.

Entraron en la casa y enseguida se dieron cuenta de que no solo era diferente a las demás casas por fuera, también lo era por dentro. Era mucho más lujosa que las casas de los dos chicos. Tenía varios cojines -que debían ser para sentarse- alrededor de una mesita de un material que parecía cristal y encima de ella había varios adornos de muchos colores. Se podría afirmar que estos adornos estaban hechos de piedras preciosas, aunque no fuera así. De todas formas, se notaba que era de gente de poder en el pueblo. Tenía también varios cuadros con marcos de oro. Cisha se quedó mirando los bonitos lienzos, pues nunca había visto uno. En ese momento, Tarin se fijó en que el color de los ojos de Cisha era mucho más hermoso que el de los marcos de aquellos cuadros. Mientras pensaba en todo esto entró en la sala un hombre de, más o menos, cincuenta años, con unos ojos azules como el hielo que daban escalofríos.

-Finga me ha dicho que tenías que tratar un asunto urgente conmigo. Bien, pues aquí estoy, ¿de qué se trata?

-Señor Merclo... necesitamos saber si tiene usted algún registro sobre si Jelkos se mudó a alguna otra casa -respondió Cisha.

Merclo les observó con sorpresa.

-¿Y ese era el asunto que tenías que tratar con urgencia? -dijo con evidente enfado.- Mira, en estos momentos tengo asuntos más urgentes que tratar. Volved otro día.

-¡Pero necesitamos esa información con urgencia! -le replicó con desesperación.

-Dime, ¿por qué necesitáis esa información con tanta prontitud? Si me das una razón que me convenza te diré ahora mismo todo lo que necesites saber sobre ese amiguito tuyo -le respondió Merclo con una sonrisita socarrona.

Cisha apretó los dientes y le dijo:

-Está bien, esperaremos unos días.

-Bien, ya sabéis dónde está la puerta, no necesitáis que os acompañe.

Salieron a fuera resistiéndose a dar un portazo, por una razón: si querían obtener la información que necesitaban no debían ofender a Merclo. Y era demasiado fácil ofender a Merclo, así que era mejor no arriesgarse. Los mayores contaban de él historias para evitar que los niños le importunaran porque sabían que si le molestaban corrían el riesgo de que les diese alguna casa en mal estado. La historia que más contaban era en la que un niño le decía que era malvado y él le invitó a entrar en la casa para enseñarle algo -nunca contaban que quería enseñarle-, pero el niño se negó. Al día siguiente el niño ya no estaba. Desapareció, como por arte de magia, como si se hubiese evaporado. Cisha y Tarin nunca habían creído estas historias, pero sabían que de todas formas no era una buena persona. Y pudieron ver por ellos mismos que tenían razón. Era posible que, aunque les hubiese dicho que dentro de unos días les daría la información que necesitaban, nunca lo haría. Pero ellos pensaban ir cada día, seguir insistiendo hasta conseguir lo que buscaban.

Y así iban pasando los días, cada día repetían el mismo proceso: Cisha madrugaba un poco más que Tarin y subía hasta la cima de la meseta, se sentaba allí y se perdía en sus pensamientos; Tarin iba a buscarla y se sentaba a su lado, se quedaba mirándola hasta que ella volviese al mundo real e iban a casa de Merclo a pedir la información. Y todos los días recibían la misma respuesta por parte de Finga, que debían esperar, que el señor Merclo estaba en esos momentos demasiado ocupado como para atenderles.

Hasta que un día, casi un mes después de su primer encuentro, Cisha se presentó en casa de Merclo con el traje que hizo con su madre. Cuando Finga vio el vestido puso una expresión terrible, una mezcla entre pánico y asombro. Se puso pálida y les dijo con un hilo de voz:

-Voy a llamar al señor Merclo, vengo enseguida.

Desde el interior de la casa se oyeron muchos gritos y finalmente salió Merclo a su encuentro. Cuando vio el vestido de Cisha su cara de enfado desapareció y la sustituyó una cara del más absoluto terror.

-Supongo que habéis venido para conseguir esa información que tanto tiempo lleváis buscando. Pasad al salón, voy a por los registros y os los traigo para que podáis echarles un vistazo.

Se sentaron cada uno en uno de los cojines y aguardaron a la llegada de Merclo. A ambos les parecía muy extraño el cambio de actitud de Merclo al ver el vestido de Cisha, y lo comentaron entre susurros hasta que llegó con las manos vacías y les dijo:

-Pensándolo mejor, os lo diré yo. Se mudó a una casa a las afueras, al norte del pueblo. No está muy lejos, yendo a paso ligero podéis llegar en unas tres horas.

Cisha tenía muchas preguntas rondándole por la cabeza, pero antes de que dijera nada ya estaba Tarin planteándoselas a su anfitrión:

-¿Por qué ese cambio de actitud al ver el vestido de Cisha?

Merclo dejó un segundo de observar el traje de Cisha para volverse hacia el chico y contestarle con muy malos modos:

-El por qué he cambiado de opinión a ti te da igual, chaval. Lo importante es que os he dicho lo que querías saber, ¿no? Ahora ya podéis largaros y dejar de importunarme.

-¿Y por qué no nos deja ver los registros? ¿A caso está ocultándonos algo?

-¿Pero tú quién te crees que eres para hablarme así? Si no me creéis es vuestro problema, yo os he dicho la verdad. Podéis ir a comprobarlo cuando queráis. Y ahora, salid de mi casa.

Cisha y Tarin salieron de la casa y Cisha regañó a Tarin por su osadía, aunque no dudaba de que el hombre les estuviera ocultando algo. De todas formas, la única forma que tenían para averiguar si les había mentido o no era ver si esa casa de la que les habló existía.

Se fueron cada uno a su casa a preparar una bolsa –hecha, por cierto, con la misma arenilla que los trajes- con algunas mudas porque sabían que si emprendían este viaje era probable que no volvieran en mucho tiempo. Desde pequeños les habían contado historias terribles sobre lo que había más allá del pueblo, pero nunca habían hecho caso, no tenían miedo. Pero esta vez era distinto, tenían miedo de lo incierto de su viaje. Nunca habían ido muy lejos de su pueblo, ni siquiera cuando se toparon con el monstruo. Solo se habían alejado un kilómetro del pueblo, quizás uno y medio. Pero cuando eran pequeños las distancias les parecían mucho mayores y ahora que habían crecido se daban cuenta de que no era para tanto, aunque era muy probable que ya se hubieran alejado del pueblo más que cualquier otra persona. Aunque esta vez era distinto, se iban tal vez para no volver. Quizás Merclo les había mentido y les había enviado a una trampa mortal, pero ellos no tenían forma de saber si era así o no.

Tarin se fue pronto a dormir, porque sabía que si se quedaba dormido y no se despertaba antes que Cisha ella era capaz de dejarlo atrás para no ponerlo en peligro. Siempre le había protegido, y eso que él era mayor que ella –suponiendo que cumpliera el día que llegó al pueblo y que tuviese los años que habían estimado los adultos que tenía- y no sabía cómo hacerle entender que él nunca la dejaría ir sola a un lugar en el que tal vez le esperaba una muerte segura, que él la acompañaría hasta el fin del mundo, que jamás se separaría de ella. Pero probablemente aunque Cisha lo supiera le dejaría atrás de todas formas. Se notaba que no quería que le pasara nada malo. Tarin sonrió. Pero él ya no era un niño pequeño y ya tenía derecho a decidir por sí mismo. Y ya había tomado una decisión. Y aunque estuviera asustado por todo lo que podía suceder al día siguiente no pensaba dejar que fuera ella sola. Lo afrontarían juntos. Al fin y al cabo para qué están los amigos.

Mientras Tarin le daba vueltas a todo esto, Cisha estaba aún preparando su bolsa. Metió todos los trajes que tenía excepto el de la piel de monstruo, que pensó que sería más cómodo para el viaje. Pensaba en dejar a Tarin atrás, no quería que le pasara nada. Aunque también sabía que si le decía que no quería que fuese con ella se enfadaría. Y probablemente ella acabaría cediendo a que fuera con ella. O no accedería y tendría que irse estando Tarin enfadado con ella, y si esto sucedía se le partiría el corazón si no pudiese volver para hacer las paces con el chico. O él la seguiría aunque ella le hubiese dicho que no fuera. Infinitas eran las posibilidades de lo que podría suceder si ella le decía que había decidido partir sin él y no le gustaba ninguna de ellas. Así que decidió salir sin avisar, irse ella sola y, aunque Tarin se acabaría dándose cuenta de que ella le había dejado atrás, cuando esto sucediese ya sería demasiado tarde como para que pudiera seguirla, pues el chico acostumbraba a dormir mucho y era muy probable que se despertara cuando ella ya llevase, por lo menos, una hora de viaje, según sus cálculos. Pero también sabía que el chico no era tonto, y que si se daba cuenta de que pensaba partir ella sola haría lo imposible para evitarlo.

Dobló el último vestido y lo metió en el interior de la bolsa. La cerró y se fue a su cama. Sabía que no conseguiría dormir esa noche. Así que se quedó pensando en cómo conseguir ir ella sola sin que Tarin se diera cuenta. Y antes de que quisiera darse cuenta sus párpados se cerraron y quedó sumida en un profundo sueño.

2 comentarios:

Laura Ruiz-Falcó dijo...

Hola, soy la creadora de sonrisas para todo, gracias por seguir mi blog, yo también estoy siguiendo los tuyos,me ha encantado este primer capítulo, sigue así tienes mucho talento :)
1 besoo

Sandy dijo...

Muchas gracias, me alegro de que te haya gustado ^^
Un besito (: